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Siempre cajas fuertes, nunca bibliotecas

Por: Julio Barbaro 23/09/2016

Siempre cajas fuertes, nunca bibliotecas

Hubo un tiempo donde los políticos se reflejaban en sus bibliotecas. Tengo un ejemplar de "Toponimia patagónica de etimología araucana", libro escrito por Juan Domingo Perón en 1935. El General solía referirse a las "Vidas Paralelas" de Plutarco. A veces vuelvo a un diálogo entre André Malraux y el General De Gaulle, ya retirado, que se titula "La hoguera de encinas". Los discursos y los escritos de Perón tenían un nivel propio de un hombre formado en una concepción humanista. Qué decir de Don Arturo Frondizi, de Don Alfredo Palacios, en fin, hubo un tiempo donde el destino colectivo, ese espacio del que se ocupa la política, estaba ligado al debate de ideas. Ni se nos ocurra volver al pasado, donde todavía seguimos leyendo y debatiendo sobre Sarmiento y su "Facundo".

Los tiempos cambian, a veces demasiado; he visitado casas donde quien me invitaba me mostraba orgulloso todos sus bienes que decoraban la vivienda sin llegar nunca al espacio de la biblioteca. Parece que Lázaro Báez terminó siendo en esto también una excepción, ya que, además de cientos de estancias, inmuebles y autos, también atesoraba libros.

Alfonsín fue un enamorado de la democracia, tal vez el último que intentó forjar un proyecto de ideas que se convirtiera en rumbo colectivo. Creo recordar aquel grupo Esmeralda donde intelectuales de los más importantes de mi generación intentaban soñar el futuro común. Luego ya caímos en las pasiones de Menem, deportivas y abrazadas a la frivolidad, donde personajes menores intentaban ocupar con popularidades ajenas los espacios que exigen ideas, oficio y propuestas al servicio de la sociedad.

La economía expulsó con desprecio a la filosofía y a la misma política. Como olvidar cuando Domingo Cavallo mando a los científicos a "lavar los platos". El pragmatismo, unido al dinero y la viveza, se fue instalando como si fuera el dueño de una supuesta modernidad. Y con ella se surgió una nueva etapa de aquella concentración económica y desintegración social iniciada por el precursor Martínez de Hoz, hombre que imaginaba el interés del dinero como motivo central de la vida humana, y que instaló más bancos y financieras que nadie en nuestra historia.

El pragmatismo avanzó a la par de nuestra decadencia. Los políticos ya no soñaban trascender por sus ideas sino por la dimensión de los bienes que le supieran extraer al poder. El enriquecimiento de los funcionarios fue directamente proporcional al empobrecimiento de la sociedad. Por eso era absurdo que alguno se desbordara de la cordura y acusara a supuestas oligarquías, como si alguien ignorara que la verdadera oligarquía era la que lograba instalarse en el poder de turno.

Y todo esto lo hicieron en nombre de causas ajenas que jamás respetaron, desde el peronismo a los derechos humanos, desde los sueños de dignas izquierdas a la memoria de heroicos revolucionarios. Los recordaban para curarse en salud, jamás se les paso por la cabeza imitarlos.

Y como toda dirigencia que se enriquece en el poder soñaron eternizarse en el mismo, la derrota no estaba ni siquiera entre sus pesadillas. Y aparecen ahora sus objetos perdidos: propiedades y cuentas bancarias, cajas de todo tipo, estatuas bizarras que esconden cajas de seguridad; desde el banco al grotesco.

No vamos a encontrar entre los que nos gobernaron sus bibliotecas; los que pensaban estaban afuera, los apoyaban, inocentes o no, desde lejos. Lo malo es que, hasta ahora, ese patético pasado no lo estamos convirtiendo en experiencia, en un encuentro de distintas miradas para forjar un futuro digno de ser recordado. Eso sí, queda claro que los que se fueron no merecen otra cosa que el castigo de la Justicia.


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